Pregúntenle a cualquier colegio peruano si enseña por competencias y responderá que sí, con razón formal: el Currículo Nacional las organiza así desde 2016. Pídanle después que muestre cómo planifica y evalúa el pensamiento crítico y quizá la conversación se vuelva más lenta. Ahí aparece la pregunta incómoda de este artículo: ¿cambiamos la manera de enseñar o solo le cambiamos el nombre?
Por qué nacieron las competencias
La enseñanza por competencias nació como respuesta a un problema real. Durante décadas se enseñó por contenidos y a la mayoría de los adultos no nos fue mal, de modo que el argumento merece respeto. Pero el conocimiento se acumula más rápido que cualquier plan de estudios, y hoy casi cualquier dato está a una búsqueda, o a una pregunta a un asistente de inteligencia artificial, de distancia. Lo escaso ya no es la información. Lo escaso es la capacidad de decidir qué hacer con ella, y esa capacidad no se aprende repitiendo temas sino practicándola.
Existen marcos que intentaron ordenar esa capacidad. La Partnership for 21st Century Learning (P21, 2007) agrupó las competencias del siglo XXI en tres familias: aprendizaje e innovación, que incluye las llamadas cuatro C (pensamiento crítico, comunicación, colaboración y creatividad); información, medios y tecnología; y habilidades para la vida y la profesión, como la flexibilidad, la iniciativa o la responsabilidad. Lo más interesante es que no se quedó en la lista. Propuso también estándares, evaluaciones, currículo, formación docente y entornos de aprendizaje que las sostuvieran. Una competencia sin esas piezas es apenas un deseo.
La distancia con nuestro currículo
Aquí aparece la distancia con nuestro currículo. El Currículo Nacional de la Educación Básica define 31 competencias (Ministerio de Educación del Perú [MINEDU], 2016) y ninguna lleva por nombre el pensamiento crítico. Hay competencias transversales valiosas, como desenvolverse en entornos virtuales y gestionar el aprendizaje de manera autónoma, y el pensamiento crítico puede estar presente dentro de otras, por ejemplo al interpretar o argumentar. Pero lo que está repartido en todas partes corre el riesgo de no ser responsabilidad de ninguna. Lo que no se nombra no se planifica, y lo que no se planifica ni se evalúa queda a merced de cada docente.
Cuando una competencia no tiene lugar propio, el contenido recupera el terreno. Ocurre cuando la competencia funciona como una piel con la que se disfraza el tema de siempre: la sesión anuncia que el estudiante «construye interpretaciones históricas», pero el examen sigue pidiendo fechas. Esto no desprecia el contenido, porque nadie piensa críticamente en el vacío. La pregunta es para qué lo usamos: como material para memorizar o como materia prima para resolver algo.
¿Es inevaluable lo difícil?
Tampoco es cierto que lo difícil de evaluar sea inevaluable. En 2022, PISA midió por primera vez el pensamiento creativo de estudiantes de 15 años en 64 países y economías, y lo definió como la capacidad de generar, evaluar y mejorar ideas originales y diversas (OECD, 2024). Que una competencia así pueda observarse a escala internacional debilita una de las excusas habituales para no trabajarla en el aula: que no hay cómo evaluarla. Hay rúbricas, estándares e instrumentos. Lo que suele faltar es la decisión de usarlos.
La advertencia viene de más atrás. En 1996, la Comisión Delors propuso a la UNESCO cuatro pilares de la educación: aprender a conocer, a hacer, a vivir juntos y a ser (UNESCO, 1996). Mi lectura es que, treinta años después, en demasiadas aulas el primer pilar sostiene casi todo el edificio.
A esto se suma un cambio de época. Antes los estudiantes copiaban de una enciclopedia en línea; hoy pueden pegar la respuesta de un chatbot sin preguntarse si es confiable y sin que sepamos qué parte pensaron ellos. Si la escuela sigue premiando la respuesta correcta, estará entrenando justo lo que una máquina hace mejor. El pensamiento crítico deja de ser una competencia deseable y se vuelve una condición básica para convivir con esas herramientas.
Una vía: el aprendizaje basado en proyectos
¿Por dónde empezar? Una vía es el Aprendizaje Basado en Proyectos, y no por moda sino por una razón estructural: coloca el problema antes que el tema. Un proyecto bien diseñado obliga a investigar de manera sostenida, a evaluar fuentes, a imaginar alternativas, a usar la tecnología con sentido, a trabajar con otros y a producir algo que importe fuera del aula. Activa, en otras palabras, las tres familias de competencias que el currículo suele repartir en compartimentos. Tiene condiciones: un proyecto que termina en una exposición de cartulinas sobre el mismo tema del libro cambia la forma, no el fondo. Requiere tiempo, criterios claros para evaluar cada competencia y docentes con formación para diseñarlo.
Para quienes quieran recorrer ese camino, Condeara ofrece la ruta PbL Reference School, un proceso de acompañamiento para instituciones que desean diseñar, implementar y sostener el aprendizaje basado en proyectos (https://condeara.com/pbl-reference-school), y una comunidad de docentes que comparte metodologías activas (https://comunidad.condeara.com).
La escuela del siglo XXI no necesita más listas de competencias; ya las tiene, con estándares y todo. Necesita una decisión: dejar de usar el nombre nuevo para cubrir la clase de siempre. La próxima vez que una planificación diga «desarrolla el pensamiento crítico», vale la pena hacer la pregunta más sencilla y más incómoda: ¿en qué momento de la clase ocurre eso? Si la respuesta tarda, ahí está el trabajo.
Referencias
Ministerio de Educación del Perú. (2016). Currículo Nacional de la Educación Básica (Resolución Ministerial N.° 281-2016-MINEDU).
OECD. (2024). PISA 2022 results (Volume III): Creative minds, creative schools. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/765ee8c2-en
Partnership for 21st Century Learning. (2007). P21 framework for 21st century learning.
UNESCO. (1996). La educación encierra un tesoro: Informe a la UNESCO de la Comisión Internacional sobre la Educación para el Siglo XXI (J. Delors, Presidente). Santillana; Ediciones UNESCO.





