En matemáticas soy pésima. Durante años lo di por hecho, como quien dice que es zurdo o que tiene mala vista, y presumía en cambio de ser buena en letras. Ya siendo maestra me hice una pregunta que todavía no sé responder del todo: ¿no aprendí matemáticas porque no nací para eso o porque el ambiente, y la práctica de mi profesora, no me dieron la posibilidad de hacerlo? Cada vez que trabajo con niños pequeños pienso en esa duda, porque en el aula de inicial esa posibilidad se abre o se cierra muy temprano.
El aprendizaje por descubrimiento nace de la línea del constructivismo: el niño es el gestor de su propio aprendizaje y, a través de la exploración, la manipulación y la interacción con otros, construye sus conclusiones. Eso no significa que el niño haga lo que quiera ni que la maestra se aparte. Si en tu malla curricular toca el color rojo, el contenido sigue siendo el mismo, lo que cambia es el escenario. En lugar de cantar la canción y sacar el pañuelo rojo para todos, preparas una visita por el salón donde hay objetos rojos, y luego organizas rincones: Legos en una mesa, gelatina en otra, frutas, masas, botones. Cada niño se acerca a lo que le llama la atención, y tú estás ahí, guiando.
Lo primero que ocurre es que te das cuenta de cómo aprende cada uno. En la clase de siempre, donde la maestra motiva, reparte y todos hacen lo mismo, es muy difícil notarlo. Con rincones aparecen el niño visual, el que necesita tocar todo, el que se queda en las texturas. Y empiezas a entender a ese pequeño que parecía no estar atento y que, cuando le preguntas, te da la respuesta.
Lo segundo es que la emoción manda. Si de niña me obligaron a comer fruta, jamás me voy a acercar a la mesa de la fruta, y si la textura de la gelatina me da asco, tampoco. Pero me gusta hacer masitas, y hacia allá voy. Lo mismo pasa con la goma o la témpera: hay maestras que dicen «tienes que mancharte» y ponen toda la mano del niño en el material, sin preguntar si le gusta. ¿Y si la experiencia es mala? Cuando el niño elige con qué trabajar, lo que aprende queda asociado a un recuerdo agradable, y ese recuerdo es el que dura.
Tampoco hace falta mucho dinero. Se puede pedir a las familias cajas de zapatos, chapas, semillas, botellas, y juntar materiales de reciclaje. Los de dos años necesitan sobre todo material para manipular y juegan en paralelo, uno junto al otro. A los tres ya hay conciencia de grupo y se puede trabajar en parejas. A los cuatro y cinco el nivel de exigencia sube, pero se puede preparar una ensalada de frutas rojas con lo que trajeron de casa, esconder la canasta, convertir el tema en un reto. Lo que no se puede, y esto lo digo con total convicción, es improvisar. Ninguna metodología funciona sin materiales listos y sin planificación, aunque tengas cien años de experiencia.
El rol de la maestra cambia. Yo hablo de ser facilitadora, y no de la maestra ejecutiva que mira desde lejos mientras la pobre auxiliar corre de un lado a otro. Hay que meterse, acompañar, resolver dudas, ofrecer un recurso extra. A veces sale mal: pones una bandeja de arroz, un niño lo arroja, el otro lo imita y al final limpias todo con una sensación fea. No pasa nada. Replanteas, quizás ese grupo todavía no está listo para ese material. Yo sugiero empezar en las primeras horas de la mañana, antes de la lonchera, y de a poco. Y hay que creérselo. Si tú misma no tienes fe en lo que haces, mejor no lo hagas. En mi experiencia con niños neurodivergentes, además, el arroz pintado en una bandeja grande puede ser una herramienta de calma y autorregulación.
Atiendo también a niños mucho mayores que los de inicial, y me preocupa lo que veo en la comprensión de lectura. En el nivel literal van perfectos, en el inferencial más o menos y en el crítico valorativo, nada. Me pregunto dónde se quedó eso, y si en preescolar le dimos al niño la posibilidad de opinar sobre lo que hizo, de decirnos si le gustó o no. Lo mismo con la creatividad. ¿Por qué en inicial los trabajos tienen que salir idénticos y en serie, si todos somos distintos? Si el material es una caja y un niño construye un robot y otro la pinta, ambas respuestas son válidas.
Hay algo más que me parece un regalo para toda la vida, y es aprender a aprender. Yo soy muy visual: en mi maestría me hacía frases en post-its de colores, y aunque a alguien le parecería infantil, a mí me funcionaba y siempre estudié así. Reconocer esa manera propia mejora la eficacia, y si ayudamos a los niños a descubrir la suya desde pequeños, evitamos frustraciones cuando lleguen a la primaria y la secundaria, donde ya no todo es de color de rosa. Los beneficios aparecen en lo cognitivo, pero también en autonomía, autoestima, seguridad y regulación de la conducta, porque un niño absorto en un material que le gusta se queda trabajando tranquilo.
Vuelvo a mi duda sobre las matemáticas. No sé si mi profesora falló o si yo no nací para eso. Lo que sí sé es que puedo darles a mis niños la oportunidad que yo quizá no tuve, elegir con qué aprender, y esperar a ver qué hacen con ella.





