Imaginen que le piden a diez docentes que definan el pensamiento crítico. Con suerte, obtendrán tres definiciones compatibles entre sí. Para unos es una habilidad blanda, ese cajón de sastre donde conviven la puntualidad, la empatía y el trabajo en equipo. Para otros es una capacidad cognitiva que se desarrolla con la edad y la práctica. Para otros más, es una competencia, algo que puede enseñarse, observarse y evaluarse por etapas. Se ha escrito muchísimo sobre el tema y, sin embargo, falta consenso, y esa falta tiene consecuencias prácticas: lo que no se define no se planifica, y lo que no se planifica queda a merced de la buena voluntad de cada aula.
Mi posición: una competencia con progresión
Mi posición es que se trata de una competencia, y no por capricho terminológico. Es la lectura del marco de la Partnership for 21st Century Learning (P21), una coalición de líderes empresariales y educativos que se formó en 2002 y que colocó el pensamiento crítico y la resolución de problemas junto con la creatividad, la comunicación y la colaboración en lo que se conoce como las cuatro C (Partnership for 21st Century Learning [P21], 2007). Llamarlo competencia tiene una implicación incómoda: si es una competencia, debería tener una progresión, es decir, algo que distinga lo que se espera de un estudiante de segundo grado y de uno de quinto de secundaria.
Aquí cabe una crítica, con matices. El Currículo Nacional peruano (Ministerio de Educación del Perú [MINEDU], 2016) está organizado por competencias y define estándares de aprendizaje (ver también «Competencias del siglo XXI: la escuela cambió el nombre, no la clase»). Incluye dos competencias transversales, desenvolverse en entornos virtuales y gestionar el aprendizaje de manera autónoma, pero no nombra el pensamiento crítico como una competencia propia. Eso no significa que esté ausente: aparece repartido, por ejemplo, en la reflexión y la evaluación de lo que se lee. Pero lo que se reparte entre todas las áreas corre el riesgo de no ser responsabilidad de ninguna, y depende de cómo cada docente lo interprete.
Qué hacen otros sistemas y cómo lo ordeno yo
Otros sistemas han hecho la apuesta contraria. El currículo del estado de Victoria, en Australia, incluye una capacidad llamada Pensamiento Crítico y Creativo, organizada en tres ejes (preguntas y posibilidades, razonamiento y metacognición), con estándares de logro definidos para los niveles 2, 4, 6, 8 y 10 (Victorian Curriculum and Assessment Authority [VCAA], 2024). No lo menciono para decir que haya que copiarlo, sino para mostrar que hacer del pensamiento crítico un objeto de progresión escolar es una decisión de diseño curricular y no una utopía.
Yo suelo ordenar el pensamiento crítico en cinco dominios que se apoyan unos en otros: observación, análisis, inferencia, comunicación y resolución de problemas. No existe un mapa único, y el de Victoria, que organiza las cosas de otra manera, lo demuestra. Lo que me interesa de esta secuencia es su lógica de escalera: difícilmente se infiere bien lo que no se observó con cuidado, no se puede comunicar un razonamiento que nadie construyó, y es arriesgado resolver un problema con información que nadie analizó.
Una objeción seria y la evidencia
Existe una objeción seria que conviene escuchar. Willingham (2007) sostiene que el pensamiento crítico no es un conjunto de destrezas genéricas que se aprendan en abstracto y se apliquen a cualquier tema: depende de conocer el contenido sobre el cual se piensa y de haber practicado ese tipo de pensamiento. Su advertencia es valiosa y, en mi lectura, no contradice la tesis, la afina. La discusión relevante no es si se enseña o no determinado contenido. Es cómo se apropia el docente de ese contenido para planteárselo a los estudiantes: como un cuerpo de respuestas para memorizar o como una serie de preguntas que exigen observar, analizar y justificar.
La evidencia disponible sugiere que el esfuerzo vale la pena. El metaanálisis de Abrami et al. (2015), con 341 tamaños de efecto, encontró un efecto medio de 0,30 y concluyó que existen estrategias eficaces para enseñar destrezas y disposiciones de pensamiento crítico en todos los niveles educativos. El diálogo, la exposición a problemas auténticos y la tutoría tuvieron efectos positivos. No es una solución mágica, pero indica que el pensamiento crítico puede enseñarse, y no solo esperarse.
Pensar también se entrena
Hay también un argumento más doméstico. Suelo comentar que a los maestros en Cuba se les enseña a respirar para proyectar la voz desde el diafragma y poder hablar horas sin quedarse afónicos, un entrenamiento que también reciben los cantantes. Respirar es algo que todos hacemos sin que nadie nos enseñe, y sin embargo existe una manera de hacerlo bien que se entrena. Con el pensamiento ocurre algo parecido: todos pensamos, pero a casi nadie le enseñaron a organizar cómo piensa. Para eso sirven las rutinas de pensamiento del Proyecto Zero de Harvard. Una variante de la rutina 3-2-1 Puente, por ejemplo, pide registrar tres ideas, dos preguntas y una metáfora o analogía sobre un tema antes de aprender, repetir el ejercicio al terminar y explicar por qué cambió el pensamiento (Project Zero, s. f.; Ritchhart et al., 2011). No enseña qué pensar. Hace visible cómo se piensa.
No hace falta esperar a que el currículo lo nombre. Basta con tomar en serio una consecuencia sencilla de llamarlo competencia: lo que se evalúa por etapas, se enseña por etapas. Mientras tanto, el pensamiento crítico seguirá siendo, en demasiadas aulas, aquello que todos declaramos querer y casi nadie programa.
Referencias
Abrami, P. C., Bernard, R. M., Borokhovski, E., Waddington, D. I., Wade, C. A., & Persson, T. (2015). Strategies for teaching students to think critically: A meta-analysis. Review of Educational Research, 85(2), 275–314.
Ministerio de Educación del Perú. (2016). Currículo Nacional de la Educación Básica (Resolución Ministerial N.° 281-2016-MINEDU).
Partnership for 21st Century Learning. (2007). P21 framework for 21st century learning.
Project Zero. (s. f.). 3-2-1 Bridge. Harvard Graduate School of Education. https://pz.harvard.edu/resources/3-2-1-bridge
Ritchhart, R., Church, M., & Morrison, K. (2011). Making thinking visible: How to promote engagement, understanding, and independence for all learners. Jossey-Bass.
Victorian Curriculum and Assessment Authority. (2024). Critical and Creative Thinking – Victorian Curriculum F–10 Version 2.0. https://f10.vcaa.vic.edu.au/capabilities/critical-and-creative-thinking/curriculum
Willingham, D. T. (2007, Summer). Critical thinking: Why is it so hard to teach? American Educator, 8–19. https://www.aft.org/sites/default/files/periodicals/Crit_Thinking.pdf





