Hace muchos años, en una clase de historia, levanté la mano y pregunté cómo era posible que unos doscientos españoles hubieran vencido a más de dos millones de incas. La profesora habló y habló, y todos tomábamos apuntes. A mí me miró como a la preguntona, que es una forma amable de decir la rara. Esa mañana aprendí que salirse de la norma tenía precio. Al fondo había otra compañera que no podía quedarse sentada y subía y bajaba, y a ella la marcaban igual. Éramos los nadies de la escuela: los inseguros, los inquietos, los lentos, los rápidos, todos los que no cabían en el molde.
Hoy me pregunto qué queremos para nuestras aulas, y la respuesta más honesta es que queremos que todos participen. Para llegar ahí conviene partir de algo sencillo. Pensemos en la talla estándar de la ropa. A mí no me queda, a mi hijo tampoco, y por eso existen la S, la M y la L. ¿Por qué entonces insistimos en una sola clase para todos? Cualquier sistema diseñado para el estudiante promedio está condenado al fracaso, porque el estudiante promedio no existe. Beethoven compuso el Claro de Luna siendo sordo, Andrea Bocelli es ciego y Pablo Pineda, que tiene síndrome de Down, es docente y actor. Si en nuestra escuela hubiéramos cerrado la puerta a personas así, nos habríamos perdido mucho.
Lo que desde el Ministerio de Educación se promueve hoy es el modelo social, que entiende que la discapacidad nace en las barreras del entorno y no en el estudiante. Si un niño con discapacidad motora debe subir una escalera para entrar al aula, el problema no es su cuerpo sino la ausencia de una rampa. Cuando en el taller pregunté a un colega dónde sentaría a un niño con pérdida auditiva, respondió que adelante. Pero si detrás de él alguien levanta la mano, no podrá verlo. Terminó proponiendo un semicírculo, y con eso eliminó la barrera sin comprar nada ni inventar nada extraordinario. A veces basta con querer. Antes de esto conocimos otros modelos peores: el de la prescindencia, que escondía a los niños en casa como si fueran una carga o, como me dijeron una vez, "tu cruz", y el rehabilitador, que veía una enfermedad que había que curar. Hoy hablamos del modelo de la diversidad, que Agustina Palacios y Javier Romañach propusieron en 2006, donde se aceptan todas las formas de funcionar y se potencia lo que cada quien aporta.
Potenciar fortalezas me recuerda a mi grupo de cinco en el pedagógico, al que llamábamos Tempestad. Una era la ratoncita de biblioteca que traía las últimas novedades educativas, otra escribía impecablemente en la computadora, yo conseguía las capacitaciones y los contactos, y otra cuidaba que todo, hasta el café, estuviera perfecto. Funcionábamos porque cada una hacía lo suyo. Con un niño con discapacidad intelectual pasa igual: tal vez no redacte con rapidez, pero es perseverante y será él quien tenga lista la cartulina y los plumones para todo el grupo. El problema no es que no aprenda, sino que aprende más lentamente, y eso nos obliga a desmenuzar la competencia y hacer ajustes razonables. En cuarto de primaria, para un niño con discapacidad intelectual leve, puedo tomar un desempeño del primer ciclo y pedirle solo que mencione características de personas, animales, objetos y lugares, sin escribir, sin relaciones de causa y efecto. Es un ajuste curricular y sigue siendo una competencia.
Todo esto cabe en el diseño universal del aprendizaje, que no es una receta, sino un marco para diseñar métodos, materiales y entornos flexibles que reduzcan barreras. En el Perú tenemos pocos años con él, quizás cinco o siete, mientras que en Chile, según he sabido, lo usan desde hace más de veinticinco. Lo trabajo con cuatro grupos de medidas. Las organizativas cambian cómo está dispuesto el aula: estaciones con hojas de ruta, rincones como los de inicial, aprendizaje cooperativo con estructuras tan simples como el 1-2-4, e incluso hiperaulas donde se rompen los muros y los tiempos, como la que propuso la Universidad Autónoma de Madrid. Las metodológicas incluyen el aprendizaje basado en proyectos, el aprendizaje basado en retos, el aula invertida y el escape room. Con el aula invertida hice la primera vez algo que ahora me hace sonreír: cuando enseñaba historia universal, llevaba a mis alumnos un CD sobre el antiguo Egipto para que lo vieran en casa, y en clase conversábamos sobre cómo era aquella sociedad, si era monárquica, qué significaba ser faraón. El examen era un análisis crítico, no una repetición. Las medidas curriculares son los ajustes razonables que ya describí, y las sociales, como la docencia compartida, requieren coordinación, metodología y actitud de ambos docentes.
Al principio, en mi colegio, la rara era yo. Me decían que no sabía trabajar porque me sentaba sobre el escritorio a comer canchita mientras veíamos un video, o porque cantaba en inglés con mis alumnos, los hacía dramatizar y corregía la gramática sobre la marcha. Ahora sé que probaba otras formas de organizar la clase, y que ser la rara a veces es empezar a incluir. Para mí la educación se escribe con E: esperanza, ética, entornos, escuchar, emoción, empatía, equipo, entusiasmo. Y si logramos que todos participen, nuestros alumnos terminarán siendo agentes de cambio social. Aquella niña preguntona de la clase de historia lo habría agradecido.





