Cuando era maestra de aula tuve un alumno de seis años, Matías, muy hábil y muy sensible. Lloraba por todo: porque no pintaba su lápiz, porque se le rompía la regla, porque quería comerse todo el almuerzo. Un día me dijo algo que no es de un niño de esa edad: «Yo no puedo controlarme cuando lloro. Yo soy así». Llamé a sus papás, les conté lo que ocurría, y la mamá me respondió sin ninguna broma: «Es que yo soy igual». Ese día entendí que la mejor manera de empezar a hablar de emociones en la primera infancia es mirando a los adultos.
Nadie nace sabiendo qué son las emociones. No decimos al nacer «me siento alegre» o «me siento molesto». Sentimos antes de poder nombrar, y por eso un bebé de dos años se expresa con la sonrisa, el llanto o un gesto. Alguien tiene que ayudarlo a ponerle nombre a eso que siente, y ese alguien son los adultos, padres y docentes. La primera infancia, desde el vientre hasta los seis años, es la etapa en que el cerebro es más plástico y se forman las bases de la personalidad. Allí se decide, en buena medida, cómo se relacionará esa persona con los demás, cómo aprenderá y qué tanto se querrá a sí misma.
He visto niños de tres años que ya dicen «soy tonto» o «soy burro», que ya sienten miedo, inseguridad y vergüenza. Eso influye en su autoestima y en su manera de aprender. Aprendemos mejor con alegría, con curiosidad, con expectativa, con calma, y bastante peor con el miedo o con el grito. También he visto niños disruptivos que golpean, insultan o gritan porque eso es lo que han visto y porque lo que sienten por dentro no les permite relacionarse. Y todavía circulan frases heredadas, como «los hombres no lloran». Todos lloramos, y reprimir una emoción no es regularla.
Lo que aprendemos lo aprendemos observando. Tuve a mi cargo un niño de tres años a quien su mamá le decía «no me molestes» con un gesto de la mano, y un día él repitió exactamente lo mismo, con la manito. Hace un tiempo, en una tienda, vi a un bebé de un año y medio golpeando un extintor rojo y grande, un estímulo irresistible. El empleado le advirtió a la madre que podía golpearse, y ella le dijo al niño: «No golpees eso, que te puedes lastimar». ¿Cuál de los dos podía darse cuenta de lo que era un extintor? Quien debió observar era la madre. A veces no nos damos cuenta porque no observamos ni aprendemos a escuchar. Y para escuchar de verdad hay que mirar: si el niño me cuenta algo y yo sigo con mis cosas diciendo «te estoy escuchando», no lo estoy escuchando. Se escucha con todo el cuerpo.
Hay estrategias sencillas que he usado y recomiendo. El semáforo de las emociones: rojo, me detengo; amarillo, pienso qué estoy sintiendo y por qué; verde, actúo con calma. Tres preguntas lo sostienen: ¿qué siento?, ¿por qué lo siento?, ¿qué puedo hacer para sentirme mejor? El rincón de la calma, con cojines, libros, tarjetas de respiración y música, que no es un castigo, aunque en tiempos de mi abuela existía aquello de «a rincón, quita calzón». Los cuentos, que son infalibles y que, para mí, vienen de casa: mi papá me contaba historias de terror y mi mamá, cuentos de hadas, y no me daban miedo porque él me decía que eran ficticios y porque estaba a mi lado. Una caja de los sentimientos, donde cada niño deposita su dibujo y luego conversamos. El dado de las emociones, con caritas que hay que reconocer o imitar. Los títeres, como mi amigo Peperoni, que sirven para dramatizar conflictos cotidianos como esperar turnos o compartir, y que expresan lo que el niño no se atreve a decir. Y la música y el movimiento, porque el cuerpo se abre con la alegría y se cierra con el enojo o la tristeza.
Todo esto funciona si hay un ambiente emocional seguro: normas claras, afecto, escucha, espacios de calma. Conviene validar las emociones sin juzgarlas, aunque a nosotros nos parezca que no hay motivo para llorar, porque para ese niño sí lo hay. Prefiero hablar en positivo, decir «camina» en lugar de «no corras», y no etiquetar con «eres un llorón». Y antes de regular al niño, regularnos a nosotros mismos, porque si yo grito, él grita.
Pienso en Matías. Quizás él y su mamá necesitaban lo mismo, alguien que los acompañara a descubrir qué había detrás de cada llanto. Los niños pequeños necesitan adultos que comprendan sus emociones antes de enseñarles a controlarlas, y eso empieza con la pregunta que casi nunca hacemos: ¿qué pasó?





