Voy a presentarles a tres niños que no existen y que, sin embargo, seguro conocen. Gael tiene tres años, es soñador, receptivo a su entorno y se mueve al ritmo de la naturaleza, y está en plena explosión de emociones, con arranques incluidos. Noa tiene cuatro, es observador y autónomo, le encanta lo estructurado, y su papá es ingeniero, así que en casa casi todo tiene una rutina y un lugar. Mía tiene cinco, es pura curiosidad y asombro, imaginativa y creativa; sus padres dicen que es científica nata porque siempre está con los bichitos y lo cuestiona todo con un «¿por qué?». Los matriculé en tres escuelas distintas, y les adelanto algo: en dos de los tres casos me equivoqué a propósito.

Confieso que no soy profesor de inicial. Pero en Cuba, cuando estudias en el pedagógico, no te tratan como especialista sino como profesor en formación, y por eso haces prácticas obligatorias en inicial, primaria, secundaria, preuniversitario y universidad. Aquella formación me da hoy cierta mirada de conjunto, y por eso me animé a contar estas tres metodologías desde los ojos de los niños y no desde la definición. Aclaro que son escuelas puras, y que en la realidad casi nadie las encuentra así: en las aulas de inicial hay una mezcla, y ustedes dirán «yo también hago eso» a cada paso.

Gael entra a un aula amplia, fresca, con muebles de madera, donde hay un lugar para los zapatos, otro para la lonchera, otro para el abrigo. Es una escuela Montessori. Hay niños de tres, cuatro y cinco años en la misma aula, los ciclos de trabajo son de tres horas, y Gael decide dónde empieza, con qué material trabaja, cuándo recoge y guarda. La maestra no está frente a la pizarra: observa, prepara el ambiente y acompaña. A la hora de comer cada uno se sirve su agua y, si se derrama, hay toallitas. En casa, idealmente, tiene un cuarto con muebles a su escala, su ropa a la vista y la libertad de elegir qué ponerse. Si hace frío y no se pone el abrigo, sentirá el frío. Se requieren papás extremadamente pacientes, porque la lógica es «déjalo hacer», y nuestra reacción cultural es la contraria. María Montessori fue la primera mujer médica de Italia y, como nadie quería contratar a una doctora, terminó trabajando con niños con necesidades educativas especiales que las escuelas no aceptaban. De allí salió una propuesta con estructura y materiales con propósito, como las varillas numéricas, los números de arena o las cajas de husos. Allí la noción de número empieza por lo sensorial, y me pregunto cuánto de lo que fallamos en las pruebas de matemática nace de saltarnos esa vivencia.

Noa, en cambio, entra a un aula que parece una casa: sin pantallas, sin plásticos, sin letras en las paredes, con muebles caseros y paredes de colores suaves. Es una escuela Waldorf, fundada por Steiner al terminar la Primera Guerra Mundial, y busca equilibrar cuerpo, alma y espíritu sin apurar el aprendizaje antes de los siete años. Cada día tiene una actividad: horneamos, dibujamos, hacemos teatro. Los niños pasan más de la mitad del tiempo en juego libre, y el maestro no dialoga ni explica: modela. Si se derrama el agua, la limpia, y los niños lo imitan. No se enseñan las letras; se dibuja, se cantan canciones, se escuchan cuentos y se juega con dados de historias. La base antroposófica de esta propuesta contiene ideas discutibles que muchos docentes actuales prefieren dejar de lado, y su rechazo a la tecnología puede retrasar la alfabetización digital.

Mía va a una escuela Reggio Emilia, donde el aula casi no existe. Las paredes son de cristal, hay espejos y fotos de los niños, y en vez de rincones hay ateliers. Si Mía se encuentra un caracol y pregunta «¿cómo respira?», esa pregunta es el currículo: lo modelan, le ponen luces y sombras, y hasta experimentan sabores. Cuenta la historia que unas mamás de un pueblo italiano vendieron un tanque de guerra abandonado para fundar una escuela y trajeron a Loris Malaguzzi con una consigna: que sus hijos cuestionen todo. De ahí salen los cien lenguajes del niño. El maestro es cómplice, investiga junto con los niños y documenta con cámara y cuaderno cada cosa que hacen. Es la propuesta más cercana al aprendizaje por proyectos, pero necesita una infraestructura costosa y mucha flexibilidad docente.

Ahora mi trampa. Gael, el soñador, no debería estar en Montessori, donde cada objeto tiene un uso correcto y puede frustrar al explorador, sino en Waldorf, donde su imaginación es libre. Noa, el niño de la estructura, es Montessori puro. Mía sí está en su lugar. Ninguna de las tres metodologías es mejor en abstracto; cada una responde a un tipo de niño y a una idea de infancia. Por eso, antes de escoger una metodología, conviene mirar quién se sienta en la alfombra.