En quinto grado de primaria me mandaron leer el libro Corazón y hacer un resumen de cada capítulo. Lo hice con esfuerzo. La profesora lo recibió, puso un check y no escribió ni una palabra. Sentí frustración y cólera, y hasta hoy no me gusta ese libro. Cuento esta anécdota en mis talleres con docentes porque resume mejor que cualquier teoría cómo se apaga el hábito lector: no con la ausencia de lecturas, sino con experiencias lectoras que no significan nada.
Una frase que me gusta proponer al inicio dice que el verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta el modo imperativo. Nadie puede decir «tienes que amarme». Tampoco se obtiene un lector con un «tienes que leer». Les pregunto a los maestros qué lugar sería la lectura para ellos y responden refugio, camino, soñar, placer. Si hiciera la misma pregunta a nuestros estudiantes, algunos dirían que es una obligación, y esa respuesta tendría causas que conviene escuchar. Pensemos en Carlos, que dice que no le gusta leer, aunque cada noche pasa minutos leyendo historias en su celular, busca información de sus videojuegos y sigue publicaciones de gente que admira. ¿Carlos no lee? Sí lee, pero otro tipo de textos. El problema no es la ausencia de lectura sino la ausencia de experiencias significativas. Pregunto cómo se sienten cuando les dicen «mañana hay control de lectura» y responden nervios, tensión, miedo, frustración. Con esas emociones, ¿estamos construyendo hábito lector o apagándolo?
Hay otra mirada posible. En la lectura tradicional hay un solo libro; en otra, hay diversidad de textos, incluidos los que los estudiantes traen, como cómics, poemarios o novelas de su autor favorito, y también afiches, recibos y gráficos de barras, que mucha gente no sabe leer. En lugar de responder preguntas, que los equipos formulen preguntas al otro equipo. En lugar de resumir, que interpreten, creen un afiche o una historieta. En lugar de evaluar si comprendió, que conversen, hagan una tertulia, un debate, y nos preguntemos qué construyó a partir del texto. En lugar de leer en silencio y en columnas, una comunidad de lectores con círculos por géneros.
Antes de leer, lo primero es el propósito. El de un cuento no es dar una enseñanza ni entretener, sino narrar una historia; si de ahí se desprende un mensaje, es por la interpretación del lector. Distinto es el de una fábula, que sí busca una moraleja explícita. Los estudiantes necesitan saber qué leen y para qué. También hay que despertar la curiosidad. Antes de leer Mi planta de naranja lima, llevo una naranja para que la huelan. Antes de El caballero Carmelo, pongo el sonido de un gallo. Escondo frases clave del texto por el aula y los convierto en detectives lectores. Quien diga «saquen su libro, página doce, lean en silencio» no motiva, desmotiva.
Durante la lectura, el vocabulario es uno de los factores que más dificulta la comprensión. Por más que un estudiante lea cinco veces, si no conoce las palabras no entenderá. Por eso el docente debe leer antes todo texto que vaya a entregar, para anticipar qué palabras necesitarán ayuda, y proponer una primera lectura en la que subrayen las palabras desconocidas. Además, hay que enseñar a monitorear la propia comprensión con un semáforo: paro, pienso, continúo. Me detengo cuando no entiendo, pienso qué puedo hacer, releer, relacionar con lo anterior, buscar en el diccionario, formular una hipótesis, y continúo. Y no olvidar que leer es un proceso emocional; conviene preguntarse qué sienten al leer.
Después de leer, pido que parafraseen con sus palabras, no que repitan de memoria. Y sobre todo que valoren: ¿te gustó?, ¿por qué? Aquí no importa si les gustó o no, lo que importa es que expliquen por qué, y con eso trabajamos la argumentación. Luego, que creen. He visto a un profesor de literatura pedirles memes de El amor en los tiempos del cólera, y los resultados eran espectaculares, porque para hacer un meme hay que entender el texto. Se puede grabar un podcast recomendando la obra, escribir una carta a un personaje, inventar una conversación de WhatsApp entre el Quijote y Romeo, o responder con la técnica 3-2-1: tres ideas que me llevo, dos preguntas que me quedan, una que quiero compartir.
Cuando un estudiante pregunta «¿esto entra en el examen?», quizás debamos preguntarnos qué experiencia estamos construyendo alrededor de la lectura. Tal vez el problema no sea que no quieran leer, sino que han aprendido a relacionar los libros con obligaciones, calificaciones y tareas. Nuestro desafío no es formar estudiantes que sepan leer, sino lectores que encuentren razones para volver. Yo cuento cuentos, y sigo convencida de que la motivación nace del arte, de las historias y de un hábito constante que construimos entre padres y docentes. De aquel libro de quinto grado no recuerdo el argumento. Recuerdo el check.





