Hay un juego muy popular entre los adolescentes en el que los jugadores se reúnen en una sala virtual y chatean para descubrir al impostor. Mientras unos discuten la estrategia, otro participante escribe en privado a una niña: «¿Cuántos años tienes?». Ella responde que trece. «Yo también», contesta el otro. No sabemos si detrás de ese mensaje hay otro adolescente o alguien que aprovecha el fragor del juego para sacar información personal. Esa duda es el centro de lo que llamamos ciberseguridad escolar.

He trabajado en empresas de ciberseguridad y he dado charlas corporativas sobre protección de la información. Allí aprendemos una lección que se aplica por completo al colegio: el factor humano es el eslabón más débil. Un empleado recibe un correo que anuncia un sorteo, hace clic, y por ese clic entra el virus a toda la organización. Por eso las empresas concientizan a su gente de manera periódica. En una empresa protegemos activos tecnológicos, y si se pierden, a veces pueden recuperarse. En la escuela lo que protegemos son personas, y la integridad de un niño o de un adolescente no se recupera con una copia de seguridad. Por eso la ciberseguridad educativa tiene un orden distinto de prioridades.

Los riesgos cambian con la edad. Entre los dos y los cinco años, la tablet se entrega para que los padres descansen un momento, pero estos niños ya dictan palabras al navegador y pueden llegar, sin saberlo, a imágenes que no son para su edad. Entre los seis y los nueve, por presión de los amigos, empiezan a querer redes sociales aunque aún no tengan edad para tenerlas. De los diez a los catorce el celular ya está en su mano y hay que mirar cuántas horas pasan y qué hacen. Desde los quince aparecen los riesgos que suben de nivel: el sexting, el grooming, el chantaje sexual. Un amigo abogado me contó que hay casos reales de padres detenidos porque el dispositivo que entregaron a su hijo menor fue el que se usó para enviar fotos de carácter sexual a compañeras del colegio. Nuestras leyes lo sancionan y la pregunta jurídica es de quién es el dispositivo.

La confianza es importante, pero conviene que vaya acompañada de acuerdos. Propongo un pacto familiar en el que el estudiante se compromete a usar el celular o la tablet que le entregan en el marco de una convivencia digital responsable, porque podría afectar a otros. Y la concientización no puede ser una charla anual. Los profesores también deben capacitarse para dar consejos a sus alumnos, y debe ser constante, desde que se entrega el primer dispositivo. El ejemplo cuenta más que nada: cómo comparto yo las fotos en mis redes, a quién impacto con mis comentarios, si pedí permiso antes de publicar a un familiar. Conviene también pasar tiempo con los hijos mientras juegan, para conocer ese mundo. No hace falta llegar al extremo de seguir todas sus cuentas, que le quitaría privacidad, pero conversando podemos saber con quién se relacionan.

Hay protocolos sencillos que se pueden enseñar desde pequeños. No bajar software gratuito de juegos de servidores sin buena reputación, porque por ahí entran los virus. No conectarse a redes WiFi públicas que no piden contraseña, porque otras personas en el mismo ambiente pueden entrar a nuestro dispositivo. Crear contraseñas robustas, con letras, números y símbolos, y cambiarlas periódicamente en lugar de dejar la misma por años. Activar la doble autenticación, que pide una clave que cambia cada vez. Y fomentar la empatía y la inclusión, para que nadie use sus redes para compartir memes que denigran a un compañero sin saber siquiera si lo que dicen es cierto.

Sobre todo, cuidar la huella digital. Internet no olvida. Aunque borremos una foto, alguien pudo capturarla y hacer un meme que se reproduzca exponencialmente. Desde que un niño nace, cada foto que publicamos le crea una identidad digital que no eligió, y preguntarnos a quién lo estamos exponiendo es parte de la responsabilidad de los padres.

Hay también soluciones técnicas, y creo que ayudan. En un colegio el docente puede configurar lo que sus estudiantes ven durante la clase, bloquear categorías de páginas, ver la pantalla de un alumno cuando se sospecha que no está abriendo el documento que se pidió, y obtener reportes de los sitios más visitados. Lo ideal es que fuera del horario escolar esa gestión pase a las familias, con sus horarios propios y sin que lo que ve el colegio llegue a casa, ni al revés, por privacidad. Otra herramienta permite generar un sociograma digital, con preguntas en forma de juego sobre a quién elegirían en su equipo y a quién dejarían fuera, que ayuda a detectar quién se siente invisible o quién está en riesgo de sufrir ciberacoso. A veces los chicos le cuentan más a la tecnología que a un tutor.

Nada de esto reemplaza la conversación. La ciberseguridad escolar necesita a la triada del colegio, los padres y los alumnos, y empieza con una pregunta tan simple como la de aquel chat: ¿con quién estás hablando?