Cuando un niño pequeño se tira al suelo en medio de una actividad, solemos leerlo como una rabieta. Y lo es. Pero también es un mensaje: todavía no tiene el lenguaje para decirnos que no puede, o que en ese momento no desea hacer lo que le pedimos, así que lo dice con lo único que tiene, el cuerpo. Esa escena cotidiana resume la idea que quiero defender: el cuerpo no es el vehículo que traslada a la cabeza por el aula. Es la primera forma que tenemos de comunicar, de conocer y de decidir.

El cuerpo siente, hace y piensa

El Currículo Nacional lo expresa a través del enfoque de la corporeidad: el cuerpo siente, hace, piensa, comunica, sabe y quiere. Si de pequeña quiero un juguete, muevo el cuerpo y voy por él; si quiero saber cómo es algo, lo exploro con los sentidos. Y aquí está el detalle que más me interesa: la información entra por los sentidos, pero no llega sola, llega con emoción. Lo que me produce placer, querré repetirlo. Lo que me da asco, no. Pensemos en la goma: hay niños a quienes pasársela por las manos les resulta desagradable, y ese niño no querrá volver a vivirlo. No es capricho; su sensación fue otra. Por eso, antes de cualquier consigna, el niño necesita explorar con calma los objetos que hemos elegido, sea una pelota, un aro o un cono.

«Yo no soy profesora de educación física»

Esto me lleva a una frase que he escuchado durante años en los colegios que visito y que me gustaría desmontar con cariño: «es que yo no soy profesora de educación física». Fue lo primero que dijeron muchas maestras cuando la psicomotricidad llegó al currículo como un área más, y entiendo ese temor a lo desconocido. Pero no necesitamos haber estudiado como un profesor de educación física para ayudar a un niño a experimentar. Nuestro enfoque es otro: no buscamos solo el estado físico, sino el desarrollo integral. Una sesión puede enseñar al niño a controlarse, a descargar emociones, a convivir con sus compañeros y hasta a reforzar contenidos: si en clase trabajaste «arriba» y «abajo», ahora puede vivirlo con su propio cuerpo.

Cómo se estructura una sesión

Si hay un hilo práctico en lo que propongo, es que una sesión no se improvisa. Empieza anticipando: antes de ir a la sala o al patio, cuento a los niños adónde vamos, porque necesito que regulen su conducta. Sigue con el material listo, que parece obvio hasta que te falta una pelota para tres niños y sales a buscarla: esos minutos no los pierdes por el reloj, sino por la atención que ya se fue. Luego presento el material, aunque crean conocerlo, porque necesito que lo conozcan en este espacio, y les regalo unos cinco minutos de experimentación sin guía mía. Uno se pone la pelota en la cabeza, otro en los pies, y es totalmente válido. Recién después viene la actividad guiada, donde todos hacen lo mismo que yo. Cierro con una relajación breve, de unos dos minutos, sin colchonetas ni cambios de material que los distraigan; con niños de inicial, una canción de cinco minutos termina en sueño o en conversación. Después, un plenario: a los más pequeños, un aplauso a la pelota; a los de cuatro o cinco años, la pregunta de qué parte les gustó más, porque ya pueden contarlo con lujo de detalles. Y un final concreto, como arrugar una hoja de revista hasta volverla pelota o amasar una bola de plastilina. Todo esto cabe en veinte o treinta minutos, según la edad.

Cuando el grupo es grande

Cuando el grupo es grande, la misma estructura admite variaciones. Una actividad principal para todos, por ejemplo un baile, y luego grupos de cuatro que rotan por estaciones: lanzar pelotas de trapo a una caja con un orificio, caminar como arañitas, reptar sobre una colchoneta. Cada niño resuelve a su manera; lo que importa es que la pelota entre en el orificio. Si el espacio es pequeño, basta con alternar los brazos arriba y abajo. Hay que medir bien los tiempos, porque tres minutos por estación, multiplicados por tres rotaciones, ya son muchos minutos. Y recordar algo: si no lo intentamos, nunca sabremos si lo lograrán.

El esquema corporal

Detrás de todo esto está el esquema corporal, la representación mental que tengo de mi propio cuerpo. Quienes hemos estado embarazadas lo sabemos: la pancita nos regaló otras dimensiones y hubo que acostumbrarse. Los niños hacen lo mismo, poco a poco, y por eso cada vez se chocan menos con las cosas. Según el orden de la maduración neurológica, primero se domina la cabeza, luego el tronco y después las extremidades; entre los dos y los cuatro años predominan los elementos motores sobre los visuales y espaciales, y es hacia los cinco o siete cuando el niño toma conciencia de su cuerpo. Por eso el número de baile de un niño de cinco años no se parece al de uno de dos. Mi observación al salir de la pandemia fue que los niños que habían pasado dos años sin pisar un parque se chocaban con todo o salían como caballitos desbocados; a veces es falta de estímulo, a veces hay algo más. Las maestras de inicial debemos tener los ojos abiertos, no para diagnosticar, sino para notar y, si hace falta, derivar a un especialista, sin excluir nunca al niño de la actividad.

Lo que el cuerpo recuerda

Las sensaciones están unidas a lo que hemos vivido. Yo soy la menor de cinco hermanos y siempre fui de baja estatura; a mi mamá le daba miedo que montara bicicleta, que corriera, que me lanzara por los juguetes de la piñata. Hoy disfruto bailar, pero si me mandan a un deporte prefiero quedarme al margen. Nos marcan situaciones que, emocionalmente, nos atan. Por eso las sesiones de psicomotricidad no son un trámite de programación: son una oportunidad de educar para la vida, de que ese niño conecte con su cuerpo, con sus emociones y con sus sensaciones de la mejor manera posible. Y quizá para el niño del inicio, el que se tira al suelo, la mejor noticia sea esta: existen otras formas de decir lo que siente, y nosotras podemos enseñarle a explorarlas, y aprender a escucharlas.