Hace mucho, cuando trabajaba con niños pequeños, una niña de cuatro o cinco años me retó. Se le había caído el lápiz y le pedí que lo recogiera. Me miró y me dijo: «Tú no me mandas. La única que me manda es mi mamá, y mi mamá me ha dicho que tú no me puedes mandar. Tú vas a recoger el lápiz». No era una niña malcriada. Repetía, con una seguridad conmovedora, lo que escuchaba en casa. Desde pequeños los niños traen ideas que vienen del hogar, y la escuela las recibe sin haberlas pedido.
La pregunta que hago a los docentes es qué hacemos habitualmente cuando un estudiante no obedece. Respondemos que levantamos la voz, que amenazamos con una sanción, que terminamos haciendo nosotros lo que le tocaba al niño, o, los más serenos, que mantenemos el límite con calma. Ese último camino tiene nombre: disciplina positiva. Es un enfoque que enseña habilidades para la vida a través del respeto mutuo, la conexión, la responsabilidad y los límites claros. El respeto tiene que ser de los dos. Se aplica una regla que me gusta repetir: ser fuerte con el problema y suave con la persona. No llamo flojo, dormilón ni desordenado a un estudiante, porque no le pongo nombre a la acción. Y la disciplina positiva no es perder la autoridad, sino ganar la confianza.
Suele haber tres maneras de responder. La autoritaria: «aquí se hace lo que yo digo y punto». La permisiva: «está bien, hazlo esta vez para evitar problemas», donde las normas se fueron de vacaciones. Y la firmeza amable: «entiendo que no quieras hacerlo, aun así esta actividad debes realizarla. ¿Prefieres empezar solo o conmigo?». En la tercera hay un acompañamiento y hay dos opciones, pero ambas conducen a hacer la tarea. Cuando pregunté en el webinar cuál enseña responsabilidad a largo plazo, casi todos escribieron firmeza.
Un límite sirve para dar seguridad, para protegernos y para aprender autocontrol, pero solo funciona si se anticipa. No es cuando el niño ya gritó o golpeó a un compañero que digo cuáles son las normas. Las construimos con los estudiantes y las recordamos al inicio, a mitad y al cierre de la clase. Y no basta con el «no»: toda norma necesita una consecuencia que el niño conozca, y de preferencia visible, como un panel. Si tiro los materiales, los recojo y los coloco en su lugar. Si malogro mi cuaderno, lo reparo. En casa vale lo mismo, pero hay que ser coherentes: si la regla es que a la hora del almuerzo nadie usa el celular y el papá lo usa, la regla no se cumple. Las palabras pueden decir mucho, pero el ejemplo es lo que se acentúa.
Para intervenir hay cuatro pasos. Primero, regularse: quien pone el límite tiene que estar ecuánime, así que respiro, hago una pausa y, si las emociones me ganan, pido apoyo. Segundo, conectar: me pongo a la altura del niño, hablo suave y valido lo que siente con una frase como «veo que estás molesto», sin minimizarlo. Tercero, marcar el límite con claridad y sin agredir, porque hablar firme no es gritar, y muchos niños sienten que les gritan cuando nosotros creemos que solo hablamos con firmeza. Cuarto, reparar: no le digo «cálmate», le digo «vamos a calmarnos y después buscaremos juntos una forma de resolverlo», y primero va la calma, porque un niño que grita no puede recibir corrección.
Un caso lo ilustra. Un estudiante de diez años se niega a guardar sus materiales y responde: «No quiero. Usted no me manda». La docente insiste, levanta la voz, amenaza con informar a la dirección, algunos compañeros se ríen, y ella, presionada por seguir su clase, duda entre quitarle el recreo o dejarlo hacer lo que quiere. Ninguna de las dos opciones enseña. En cambio, una maestra que respira antes de contestar se acerca y dice: «Entiendo que no tengas ganas. Ahora tienes dos opciones: empezar con la primera pregunta tú solo o revisar las instrucciones conmigo. El límite es el mismo: primero guardamos los materiales y comenzamos. Después de la clase conversamos sobre lo que pasó». Cambiar frases también ayuda. En lugar de «siéntate de una vez», «es momento de sentarnos para comenzar, te ayudo si lo necesitas». En lugar de «te quedas sin recreo», «necesitamos terminar esta parte, organicemos cómo hacerlo».
¿Y si el estudiante sigue sin cumplir? No hay que darse por vencidos ni derivar apresuradamente a terapia cuando todavía no terminamos nuestro trabajo en el aula o en el hogar. La firmeza amable no garantiza una obediencia inmediata, su objetivo es sostener el límite con serenidad y enseñar una alternativa. Hay que verificar si el mensaje llegó: a lo mejor José no tiende su cama porque tiene un problema auditivo, y no por malcriado. Si hay riesgo de daño, la seguridad va primero: de nada sirve gritar por la silla rota si el niño que saltó acaba de fracturarse. Y los directores deben cuidar la coherencia entre adultos, orientar más que sancionar y nunca desautorizar a un docente frente al grupo.
No existe una frase mágica. Existe una respuesta coherente, respetuosa y ajustada a las necesidades del niño. Los límites no necesitan humillar para ser firmes. Aquella niña del lápiz me enseñó que detrás de cada «tú no me mandas» hay una casa, y que mi trabajo era sostener el límite sin quitarle la dignidad.





