Hagamos un juego. Te lanzo seis afirmaciones y tú respondes verdadero o falso. Usamos solo el 10 % de nuestro cerebro. Los hemisferios izquierdo y derecho trabajan siempre juntos. Hay periodos críticos de la niñez después de los cuales ciertas cosas ya no se pueden aprender. El cerebro puede producir neuronas nuevas durante toda la vida. Debemos enseñar según el estilo de aprendizaje de cada estudiante: visual, auditivo o kinestésico. Y existen múltiples inteligencias que debemos atender por separado. Cuando propuse este juego a un grupo de maestros de distintos puntos del Perú, la mayoría se equivocó en casi todas. No me sorprendió, porque yo habría respondido igual hace unos años. Las respuestas, por si las quieres contrastar: falso, verdadero, falso, verdadero, falso y falso.
Una formación que nos faltó
Llevo treinta años en el aula, en primaria, en secundaria y como coordinadora, y en cinco años de formación universitaria nunca recibí un solo curso de neurociencia. Piensa en un médico que se especializa en gastroenterología sin que nadie le haya enseñado el estómago. Lo encontraríamos inconcebible. Nosotros, en cambio, trabajamos cada día con el órgano que aprende y casi nadie nos explicó cómo funciona. Por eso mi primera invitación es doble: no ser tan duros con nosotros mismos, porque nos formaron así, pero asumir con seriedad que ahora la tarea de investigar es nuestra.
Un neuromito querido: las inteligencias múltiples
Déjame confesarte algo. Yo tengo un cartón inmenso de cursos de inteligencias múltiples. Estaba convencida y lo aplicaba en mi aula, así que sé lo que se siente cuando alguien llama neuromito a algo en lo que uno creyó con buena fe. Choca. Pero conviene hacer justicia. Gardner la propuso en 1983 y habló de capacidades, no de inteligencias aisladas, y el cerebro siempre actúa como un todo: no hay un lóbulo para la inteligencia musical y otro para la lingüística. Lo que sí rescato es su espíritu, porque en un salón heterogéneo no puede haber una sola estrategia. Hay incluso una entrevista donde se le pregunta por qué eligió ese nombre, y la respuesta fue que era el título más atractivo. Búscala. Y si tu conflicto cognitivo es grande, bienvenido: así empieza aprender.
La neurociencia no viene a darnos recetas ni a descalificar lo que ya hacemos. Su mejor aporte es darle sustento científico a lo que hacíamos por experiencia o por buena intención, y señalarnos con claridad lo que conviene replantear. Esa es la diferencia entre enseñar por costumbre y enseñar sabiendo por qué.
Los sentidos, puerta de entrada al aprendizaje
Tomemos los sentidos. Hace poco vi un anuncio de perfumes que presumía de usar neurociencia para que cada aroma te haga sentir distinto. Si hasta una marca de cosméticos juega con los sentidos, ¿por qué los maestros, sobre todo en secundaria, los reducimos a la vista y al oído? Toda la información del entorno entra por los sentidos, y la sensación es igual para todos, pero la percepción, el significado que cada uno le da, es personal. El olfato, además, tiene una vía muy directa al cerebro. Por eso basta un olor en la calle para transportarnos cuarenta años atrás, a la casa de nuestros padres, o al olor de un bebé que ninguna madre olvida. Hay colegios que dan a cada aula un aroma propio, y los estudiantes saben que se acercan a matemática antes de ver la puerta. Música sugerente, colores, un sabor dulce en una tarea exigente: nuestras compañeras de inicial lo hacen con naturalidad. No lo perdamos con los años.
Emoción y atención
La segunda llamada de atención me costó asimilarla. Si no hay emoción, no hay aprendizaje. Durante mucho tiempo se creyó que cognición y emoción debían ir separadas, y hoy sabemos que la emoción es el motor que arranca el aprendizaje. Pero cuidado, que emocionar no es ser el profesor buena gente que lo permite todo, ni el que se pasa dos horas contando su vida. Emocionar es generar curiosidad y sorpresa. La curiosidad abre la atención, la atención despierta la voluntad y recién entonces se aprende. Lo resumo con un juego de palabras de Ramón Barrera: menos aprobar y más probar. Y por eso nunca pediría a un alumno que preste atención. Tengo que construir una experiencia que se la gane. También tengo que respetar los periodos atencionales: una conferencia magistral de tres horas no cuida a nadie, ni a un niño de ocho años ni a un adulto. Durante el webinar hicimos una pausa activa y fuimos a buscar un vaso de agua, porque la neurociencia también es vida. Las pausas cerebrales de un minuto, un juego o una conversación breve sobre algo del momento, y el mindfulness, que practico hace años, devuelven la atención en lugar de quitarla.
Tres matices: periodos sensibles, primera infancia y memoria
Tres matices más. Hablamos de periodos sensibles, no críticos: en la primera infancia aprender es más fácil, pero el cerebro nunca deja de aprender. Yo tengo 54 años, y si hoy quisiera aprender árabe o tocar el saxo me costaría más que a los doce, pero cuento con las conexiones para lograrlo. Tampoco hay que academizar la primera infancia: saturar al niño no lo prepara mejor. Y hay que reconciliarnos con la memoria, que es parte del aprendizaje. Si la información queda en la memoria sensorial o de corto plazo, el niño llega a casa y, cuando le preguntamos qué aprendió, responde que no sabe. Me pasó con mi hija. Seguro me pasó con mis alumnos.
Enseñar desde el cerebro del que aprende
De todo esto me quedo con una idea que el profesor José Antonio Fernández Bravo cuenta mejor que yo. Un día mostró a unos niños la lámina de un plátano. Les preguntó qué veían y dijeron plátano, y entonces les dijo que se lo comieran. Había preparado la lección para que respondieran que no se puede, porque está dibujado. Los niños se lo comieron, y entendió que debía enseñar desde el cerebro del que aprende. Si lo que planifiqué en casa no funciona, no es culpa de los alumnos. Lo que sirve en tercero A puede no servir en tercero B. Tenemos que ser como esos médicos que se emocionan ante el caso difícil, y no como quien busca un grupo de robots iguales. Un aula es un grupo neurodiverso, siempre, porque en ella conviven veinte, treinta o cuarenta cerebros distintos.
Si tuviera que evaluar mi propio trabajo con una sola pregunta, sería esta: ¿eres feliz en mi clase? Si la respuesta es sí, probablemente haya curiosidad, atención, emoción y memoria. Y si es no, ya sabemos por dónde empezar a cambiar.





