Hay una jaula que casi todos conocimos y que nadie llama jaula: el pupitre. Ahí no te puedes parar, no puedes hablar y, si necesitas salir, tienes que pedir permiso. Yo la llamo la jaula más pequeña del mundo. Lo curioso es que seguimos preguntándonos por qué los alumnos pierden el interés, cuando los hemos sentado seis horas en un espacio diseñado para que no se muevan.
Obediencia o responsabilidad
Durante generaciones, la disciplina escolar fue sinónimo de obediencia. Se obtenía con el grito, con el castigo, con aquello de que «la letra con sangre entra». Y funciona, no lo voy a negar, pero a corto plazo. Lo que casi nadie cuenta es el costo de largo plazo: una persona que se desarrolló obedeciendo suele convertirse en alguien que espera instrucciones para todo. La obediencia es extrínseca: hago lo que el otro quiere que yo sea. La responsabilidad es intrínseca: hago lo que decidí ser. Y la disciplina verdadera nace de la segunda, no de la primera.
Por eso les pido a los maestros un cambio de paradigma sencillo de decir y difícil de practicar: dejemos de exigir disciplina y empecemos a formar responsabilidad. La disciplina no se impone; se gana, en el salón y en la manera en que cada alumno se hace cargo de lo que le toca hacer.
Y el primer paso depende de nosotros. Si yo no creo que mis alumnos pueden, nunca les entregaré la responsabilidad de intentarlo. Los chicos lo perciben de inmediato.
Una anécdota sobre la tarea
Tengo una anécdota que lo resume. Enseñé inglés casi un año completo en un colegio de Perú, y los padres venían a preguntarme por la tarea. Yo les respondía, medio en broma: «Señora, ¿usted estuvo en clase?». Me decían que no, pero que querían aprender para ayudar a su hijo. Y yo les decía: «La tarea no es para usted, es para él. Si quiere aprender inglés, yo le doy clases, pero me paga aparte». La broma escondía una convicción seria: una tarea no existe para aprobar o reprobar a un niño. Existe para ponerlo en acción, para que ensaye, se equivoque y vuelva a intentar. Si no puede resolverla, no se le castiga: se le dice «ven, te enseño cómo se hace» y se le da otra parecida. Eso es mejora continua, y es exactamente lo que hace un emprendedor (ver también «Ya inventaron la máquina del tiempo... Se llama retroalimentación»).
El maestro emprendedor
Aquí aparece la palabra que tanto malentendido provoca. Emprendedor no es solo quien monta una empresa. Hay emprendedores sociales, y el maestro es uno de ellos: alguien que transforma su entorno desde el aula, desde su escuela, desde su comunidad. Un maestro emprendedor entiende que no es el único educador. Sus alumnos aprenden de los padres, del director, del portero, de la familia, y por eso necesita armar equipo. Si él solo hace todas las cosas, difícilmente enseñará a trabajar en equipo, que es hoy una de las habilidades blandas más valoradas para conseguir trabajo.
¿Qué cambia en la práctica?
¿Qué cambia en la práctica? Primero, que el maestro baje del estrado. He visto salones con un altillo donde el profesor está arriba y los alumnos abajo, como si fuera un altar. Eso ya no sirve. Hay que bajar al suelo, ponerse al nivel de los chicos y acompañarlos como un coach o un mentor. Segundo, hablar menos. Cuando el maestro habla poquito, los alumnos empiezan a pensar más, porque el razonamiento no es silencioso: se verbaliza, se contrasta, se cambia de opinión. Por eso el debate, las preguntas abiertas, la revisión entre pares y el pedirle al alumno que explique el tema valen más que otra hora de dictado. Tercero, cuidar la emoción. Si un niño no está emocionado por lo que va a aprender, difícilmente lo aprenderá. Y si le tiene miedo a la matemática porque el maestro solo repite «qué difícil», no habrá método que lo salve.
Tengo una escena que no he olvidado. Uno de mis hijos, recién llegado a un colegio nuevo, se escapó un día al parque a llorar. Cuando fui a recogerlo, le pregunté a su maestra dónde estaba. Me respondió: «¿Quién es Jorge?». Llevaba casi tres meses en ese salón y ella ni siquiera sabía su nombre. Ahí entendí que muchas cosas que llamamos problemas de conducta empiezan en no conocernos.
Por qué importa hoy más que nunca
Esto importa más hoy que nunca. Toda la información del mundo cabe en el celular de nuestros alumnos, y la inteligencia artificial redacta informes en segundos. Un maestro que solo entrega información está compitiendo con una máquina, y esa pelea está perdida. Lo que no puede reemplazar una máquina es el vínculo, la pregunta que enciende la curiosidad, el adulto que cree en ti. Ahí está la función del maestro del siglo XXI. En la pandemia lo vimos: entrené a más de cincuenta mil maestros por Zoom, y lo que los salvó no fue la tecnología, sino que cambiaron su comportamiento. Una situación adversa cambia cuando el líder cambia su manera de actuar.
Hay quien piensa que todo esto es hablar bonito. Yo creo lo contrario: es la decisión más práctica que puede tomar un docente. Cuando entregamos responsabilidad, la disciplina llega sola, el aprendizaje se queda y el maestro deja de ser un transmisor de contenidos para convertirse en lo que siempre quiso ser.
A eso le llamo trascender: ascender tras nuestros sueños y, en el camino, ayudar a otros a ascender tras los suyos. Entonces la pregunta ya no es cómo logramos que nuestros alumnos nos obedezcan. Es qué tipo de personas queremos que sean cuando ya no estemos mandando nosotros.





