Me llamo José y, como a casi todos los Josés, me dicen Pepe. Durante años creí que era un apodo cualquiera, hasta que me contaron su origen: en los documentos antiguos el esposo de María aparecía como «San José, P. P.», padre putativo, padre adoptivo, y de esas dos letras habríamos heredado el Pepe todos los que llevamos su nombre. Me gusta la anécdota porque habla de una paternidad que nadie planeó del todo y que José, sin embargo, aceptó y volvió a responder cada día. Algo parecido ocurre con la vocación de un maestro.

Diciembre es un mes de paradojas. Sentimos el entusiasmo de la Navidad y, a la vez, la melancolía de los que ya no están, el cansancio del año y la presión de las metas del siguiente. Es buen momento para renovar fuerzas, y no solo con vacaciones, sino con sentido de vida. Trabajo mucho con colegios y encuentro a menudo la misma escena: se habla de contenidos, de competencias, de evaluación formativa, de metodologías, y se deja afuera aquello que debería sostenerlo todo, que los chicos encuentren un propósito y un horizonte. Cuando digo espiritualidad no hablo solo de religión. Hablo de esa búsqueda de trascendencia que el ser humano ha tenido siempre, la de ir más allá de la propia existencia. Los chinos decían que había que plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro, porque ninguna de las tres cosas era para uno mismo. Si dejamos fuera esa dimensión, tratamos mal a la persona.

Hay un factor de nuestra época que lo dificulta, y es que hemos perdido el sentido del tiempo. Antes cada cosa llegaba en su momento: las fresas en su temporada, la película cuando llegaba al cine del barrio, el televisor comprado después de ahorrar centavo a centavo. Nuestros abuelos sacrificaban el presente para tener un mejor futuro. Nosotros, con la tarjeta pasando por la varita mágica de la tienda, sacrificamos el futuro para tener un mejor presente. De ahí la frase que todos decimos, «no tengo tiempo»: el futuro ya está hipotecado. Y entonces, ¿cómo pedirle a quien vive así que ahorre agua o cuide los árboles pensando en generaciones que no conocerá? El currículo peruano habla de solidaridad intergeneracional, pero ese valor no se enseña desde una clase si el propio maestro tampoco tiene proyecto de largo plazo.

Por eso me parece limitante entender la vocación solo como un llamado. Si todo depende de que alguien me llame, yo soy el sujeto pasivo, el que agacha la cabeza y corre. Prefiero pensarla como un diálogo, porque todo llamado supone una respuesta y las circunstancias cambian cada mañana. La pregunta no se contesta una vez, se vuelve a hacer todos los días: ¿qué me toca hacer hoy? Los grandes maestros espirituales siguieron un camino que reconozco en cinco momentos. Primero está el llamado, que llega en medio de la realidad, como cuando Dios le dice a Moisés que ha escuchado el clamor de su pueblo. Después aparece la pasión, porque no todos los problemas nos mueven igual y solo algunos nos estrujan por dentro; el griego del Nuevo Testamento hablaba de compasión con una palabra que evocaba las entrañas. De esa pasión nace el propósito, que es lo que ofrezco al mundo desde mis dones, por pequeños que sean. Luego viene la visión, el mundo que quiero ver gracias a eso que ofrezco, y por último la misión, la tarea concreta. Un docente puede recorrer ese camino consigo mismo y acompañar a sus estudiantes en el suyo, sabiendo que nadie descubre sus dones desde la crítica, sino desde el estímulo.

La Navidad me ayuda a hacerlo porque nos recuerda quiénes recibieron primero el llamado. La Sagrada Familia no era una postal de familia nuclear perfecta. José trabajaba la madera, que en su tiempo quería decir vigas y techos, algo más cercano a un obrero de construcción civil, y su oficio lo obligaba a peregrinar de pueblo en pueblo. Tuvieron que viajar por un censo, no hallaron dónde alojarse y huyeron a Egipto de la persecución de Herodes. Hoy tendrían el rostro de las familias migrantes que vemos a nuestro alrededor. Era además una familia imperfecta, con conflictos, con un niño perdido tres días, con una madre que guardaba en el corazón lo que aún no entendía. No es modelo por cómo estaba formada sino por cómo se amaban. Los pastores, que vivían con los animales y estaban excluidos, fueron los primeros en recibir la señal, y se pusieron en camino por su cuenta, porque quien menos tiene más busca. Los sabios de oriente, que el texto bíblico nunca llama reyes, eran inquietos y críticos: sospecharon de Herodes y regresaron por otro camino. Nos dicen que la ciencia y la fe no se oponen, y que nuestro llamado también puede llegar por la voz de los excluidos o por la inquietud intelectual.

El padre Pedro Aguado, que fue presidente de la Unión de Superiores Generales, nos dijo en una visita al Perú que lo único que puede cambiar el mundo es la educación, lo único que puede cambiar la educación son los maestros, y lo único que puede cambiar a los maestros son los niños. Como los pastores y los sabios, los educadores vamos en busca de ese niño. El papa Francisco propone cinco pasos para hacerlo: primerear, involucrarse, acompañar, fructificar y festejar. Prefiero involucrarse a comprometerse, porque el problema es del otro y yo llego para acompañarlo, no para resolverle la vida. Es el principio de subsidiariedad: no hago por nadie lo que puede hacer por sí mismo, igual que el padre que sigue vistiendo a un hijo que ya sabe cambiarse solo le quita la oportunidad de aprender.

Vuelvo a mi nombre. José no entendió de inmediato lo que le pasaba, pero escuchó, respondió y siguió respondiendo. Quizá esa sea la mejor definición de vocación que conozco, y la pregunta de cada mañana sigue siendo la misma: qué me toca hacer hoy.