Mi nombre es María Consuelo del Milagro Riva González, pero casi todos me dicen Coni. Trabajé muchos años con niños sordos pequeños que, hasta que aprendían a pronunciar María Consuelo, ya hablaban correctamente, y a mí siempre me tocaban los más chiquititos, así que el nombre se quedó. Tengo además un hijo de treinta y dos años que nació con dos diagnósticos, trastorno del espectro autista y discapacidad intelectual. Yo era solo licenciada en educación inicial; por él seguí estudiando primaria, especializaciones, neurodiversidad. Todo lo que cuento viene de ese camino.
En los colegios escucho a menudo la misma queja: hay padres que no aceptan que sus hijos pasen por una evaluación, que esconden los informes del terapeuta, y el docente se siente solo. Yo he llegado a una conclusión incómoda: si el padre no se involucra, no se puede hacer nada. Y para que se involucre hace falta un trabajo previo, porque ese padre tiene que matar dentro de sí la imagen idealizada de su hijo para abrazar y aceptar al hijo que realmente tiene. Es un duelo, y los docentes tenemos que respetarlo aun cuando nos desespere. Quien atraviesa ese duelo tiene dos opciones: asumirlo, ponerse la coraza y acompañar, o ponerse a llorar y no aceptarlo. Yo elegí la primera. Mi hijo terminó inicial, primaria y secundaria en la modalidad alternativa, estudia cocina y, mientras yo trabajo, él se ocupa de la casa, la lavadora, mis cuentas. Es funcional. Pienso a menudo que ustedes, como maestros, pasan seis u ocho horas con un niño, pero el día tiene veinticuatro, y quién pasa la mayor parte del tiempo con él lo dice todo.
De ahí vengo a la planificación. Durante años creí que un momento de iluminación bastaba para preparar la clase perfecta y entregarla a todos por igual. Hoy pienso lo contrario: el estudiante no se adapta a la planificación, la planificación es la respuesta a las características de los estudiantes. Eso exige conocerlos y diagnosticar antes de planificar. El aula artística puede empezar con una canción, el aula deportista con movimiento, el aula con varios niños con TDAH también. A eso lo llamo personalizar la educación, y no consiste en hacer una adaptación curricular para el niño que tiene una discapacidad, sino en usar diversas metodologías que lleguen a todos, porque todos somos diferentes. En una misma clase puedo pedir cosas distintas a quien tiene discapacidad intelectual moderada, a quien tiene un coeficiente intelectual alto o a quien tiene TEA, sin perder de vista el criterio de evaluación.
También se trata de ver dónde están las barreras. Si hay un estudiante sordo, la barrera no es la sordera, es la metodología que no le permite conectarse. Si hay un estudiante con TEA, conviene saber que muchos se alteran con los ruidos altos o con paredes muy brillantes, que les cuesta entender los dobles sentidos y que se benefician de que acompañe la voz con la escritura y los pictogramas. Y sus compañeros también deben saber cómo es, para que no le hagan bromas ni lo toquen sin permiso. Trabajé en un colegio con chicos con TEA y Asperger brillantes, y a la hora de hacer la infografía eran lo máximo.
El diseño universal del aprendizaje me ofrece un marco para todo esto, a partir de tres principios. El primero es el compromiso, la motivación. Aquí hago una distinción: el psicólogo no puede involucrarse emocionalmente con su paciente para no perder perspectiva, pero el maestro, si no se involucra con su estudiante, no logra que aprenda. Conocer sus intereses, mantener el esfuerzo con desafíos y saber manejar mi propia frustración son parte de eso. El segundo es la representación: asegurarme de que entendieron, con voz, imagen y movimiento, sin vocabulario rimbombante, y pidiéndoles que definan con sus palabras. El tercero es la acción y la expresión: que puedan mostrar lo aprendido en una disertación, un baile o una infografía, y preguntarse para qué les sirve y qué fue lo más difícil, que es metacognición. Hattie, en 2017, señalaba el desafío como uno de los ingredientes principales de un aprendizaje efectivo.
Algunas estrategias son tan simples que parecen poco: pictogramas para las rutinas, subtítulos para los estudiantes con discapacidad auditiva, calculadoras cuando la meta es aprender a manejarse en el mercado y no hacer cuentas a mano, textos de lectura fácil, tutoría entre iguales, donde ganan los dos, el que aprende y el que repasa enseñando. Y la responsabilidad no es solo del docente. Es compartida con el directivo, el psicólogo, los compañeros de clase y la familia.
Pienso otra vez en el nombre. Mis alumnos sordos tardaron en decir María Consuelo, y yo aprendí a quedarme con Coni. Creo que la inclusión empieza así, aceptando el nombre que cada uno puede pronunciar hoy y esperando con paciencia el que viene.





