En uno de mis talleres con padres de familia, los maestros se tomaron el trabajo de fotografiar a sus estudiantes en distintos momentos del día, y con esas fotos armamos tarjetas. Cada padre debía escoger una y decir qué veía en el rostro de su hijo. Algunos dudaban, otros se quedaban en silencio, otros decían una cosa por otra. Y hubo quienes miraban la foto y sabían exactamente lo que estaba pasando, sin necesitar explicaciones. Esa diferencia, entre quien lee a su hijo y quien no sabe cómo hacerlo, es la que explica buena parte de lo que vemos después en el aula.

Los maestros y los directores recibimos las consecuencias: estudiantes inseguros, que se frustran con facilidad, que no saben seguir instrucciones, que llegan sin desayunar o sin materiales. Mi propuesta es no quedarnos en las consecuencias, sino ir al problema, que casi siempre nace en casa. Y para eso conviene hablar de competencias parentales. Barudy y Dantagnan las definieron en 2010 como las capacidades prácticas que los adultos despliegan para garantizar el bienestar y el desarrollo de los niños. Eso significa que la participación de la familia no puede reducirse a reuniones ocasionales: tiene que fortalecer habilidades afectivas, formativas, protectoras y reflexivas en el hogar. UNICEF, en 2014, planteó que las familias con crianza adecuada se convierten en agentes protectores y facilitadores del aprendizaje. Son cuatro competencias, y vale la pena revisarlas una por una con casos que vemos todos los días.

La vincular tiene que ver con la mentalización, esa capacidad de entender lo que el hijo siente y piensa. Hay padres que interpretan el cansancio, el miedo o la frustración como malcriadez y responden con gritos. Hay otros que son solo proveedores: ya compraron los útiles, ya cumplieron. Los chicos lo dicen a su manera: «mi mamá no me entiende cuando estoy triste». Una actividad muy sencilla es pedirles cinco minutos diarios de escucha sin interrupciones, sin juicios y sin celular, y lo digo con cierta firmeza, porque a veces hay que casi obligarlos. Otra, enseñarles a respirar, pensar y responder antes de reaccionar. Y una nota con una carita feliz en la lonchera puede cambiarle el ánimo a un adolescente. Con los padres funcionan también las recompensas: reconocer públicamente al papá que asistió a todas las reuniones del bimestre.

La formativa se refiere a rutinas, autonomía y disciplina positiva. Nos encontramos con padres que hacen las tareas de sus hijos «para que no se atrasen», cuando justamente los están atrasando en su desarrollo personal. No se trata de hacerles, sino de darles pautas. Un taller de rutinas que educan, donde el horario visual de sueño, estudio y alimentación se prepara en el colegio junto con el estudiante, resuelve el problema de quien no sabe por dónde empezar. Aunque todos duerman, cocinen y estudien en un mismo cuarto, el niño puede tener su rincón de estudio, siempre en el mismo lugar. Para los límites, un cartel de normas y consecuencias construido en consenso con los hijos, igual que hacemos las normas de convivencia en el aula, porque lo que uno ayuda a construir lo hace cumplir. Y con la disciplina positiva queremos erradicar el golpe, el grito y la amenaza, que muchos padres repiten porque fue lo que vivieron.

La protectora cubre los cuidados básicos, la rutina predecible, el buen trato y las redes de apoyo. A veces los estudiantes llegan sin desayunar, con ropa sucia, con golpes que no saben explicar, después de pasar horas solos. Algunos padres creen que el colegio es un depósito. Debemos hacerles conscientes de que no lo es. Podemos organizar campañas de útiles, capacitar en loncheras nutritivas y económicas, y orientar hacia Cuna Más, Juntos, el centro de salud o la iglesia más cercana, para que sepan que no están solos. Los círculos de padres, donde se comparten experiencias aunque no se comparta dinero, son también una red.

La reflexiva es, quizá, la más difícil. Muchos padres repiten patrones de crianza rígidos o negligentes porque así los criaron. «Con sangre entra la letra» ya está desfasado, y a veces la reflexión empieza con un ejercicio sencillo: «así me criaron, así quiero criar». Un árbol familiar de crianza ayuda a ver qué estilos se transmitieron y cuáles queremos mantener o transformar. Y está el autocuidado: un padre estresado y agotado es como un globo al que seguimos echando aire.

Un participante del taller me preguntó si todo esto sirve igual en zonas rurales. Yo trabajo también con comunidades alejadas de Lima y allí encuentro más machismo, donde la palabra del papá es la única, pero uno es padre aquí y en cualquier lugar, y las responsabilidades son las mismas. No es motivo para dejar de desarrollar estas competencias. Al contrario. Hay que aferrarse a las fortalezas de cada familia, cambiar de a poco, y no darse por vencido, porque gota a gota se abre la piedra.

La escuela no educa sola ni la familia puede hacerlo de forma aislada. Cuando recuerdo aquellas tarjetas, me quedo con la idea de que muchos de esos silencios no eran falta de cariño, sino falta de herramientas, y las herramientas se enseñan.