Hay un animal que, según una página web, está al borde de la extinción: el pulpo arborícola del noroeste del Pacífico. Sus poblaciones, dice el sitio, han caído a niveles críticos; entre las amenazas menciona la tala, las carreteras que le cortan el acceso al agua donde desova, los gatos domésticos y el aumento de sus depredadores naturales, entre ellos el águila calva. Todo suena razonable. Lo único que falla es que el pulpo arborícola no existe. Lo inventó en 1998 un humorista que firma como Lyle Zapato, y la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos conserva el sitio en su archivo web como un engaño de internet (Zapato, 2014).

Cuando el investigador Don Leu, de la Universidad de Connecticut, pidió a 25 estudiantes de secundaria que evaluaran ese sitio, todos dijeron después que el animal era real. Pocos detectaron pistas evidentes, como que su depredador natural fuera el Sasquatch, y algunos siguieron defendiendo su existencia incluso después de que les revelaran la broma («In defense of the endangered tree octopus», s. f.).

Del pulpo a las imágenes con IA

La anécdota parecería inocente si el fenómeno no se hubiera sofisticado. En marzo de 2023 circularon fotografías en las que el papa Francisco lucía un abrigo blanco acolchado, y otras en las que Donald Trump forcejeaba con policías. Ambas series fueron generadas con inteligencia artificial, con la herramienta Midjourney (para saber más sobre cómo educar para la red, ver también «¿Qué es la ciudadanía digital y por qué es importante enseñarla en la escuela?»). Las segundas las había publicado como parodia Eliot Higgins, fundador de Bellingcat, y terminaron compartidas en redes como si fueran noticias (AI Incident Database, s. f.). Mucha gente creyó en el abrigo. No hacía falta ser ingenuo para caer: bastaba quedarse en la imagen sin preguntarse lo que la imagen supone. ¿Qué diría de un papa que predica austeridad gastar en ropa de lujo? ¿Quién publicó la foto primero? ¿Por qué no aparecía en ningún medio de confianza?

Ni los expertos están a salvo

Los expertos tampoco están a salvo. Wineburg y McGrew (2019) compararon a 10 historiadores con doctorado, 10 verificadores profesionales de datos y 25 estudiantes de Stanford mientras evaluaban sitios reales. Historiadores y estudiantes se dejaron llevar por rasgos fáciles de manipular, como los logotipos de apariencia oficial y los nombres de dominio, y leyeron «en vertical», sin salir de la página. Los verificadores hicieron lo contrario: abandonaban el sitio tras un vistazo rápido y abrían nuevas pestañas para averiguar quién estaba detrás. Llegaron a conclusiones más acertadas en una fracción del tiempo.

Los más jóvenes parten con desventaja. Un estudio de Stanford que recogió 7804 respuestas de estudiantes de distintos niveles, desde los primeros años de secundaria hasta la universidad, en 12 estados, resumió su capacidad para razonar sobre la información en internet como desalentadora, y alrededor del 80 % de los más pequeños no distinguió un contenido patrocinado de una noticia (Stanford History Education Group [SHEG], 2016). Son datos estadounidenses y conviene no trasladarlos mecánicamente a nuestras aulas, pero describen un riesgo que no reconoce fronteras.

A esto se suma un entorno que no ayuda. Los sistemas de recomendación de las redes sociales tienden a mostrarnos más de lo que ya consumimos: quien cree algo encuentra pronto mil publicaciones que lo refuerzan. Es una explicación general del mecanismo y no un hallazgo de los estudios citados, pero ayuda a entender por qué dar por cierto lo primero que aparece en pantalla es cada vez una apuesta más cara.

El equilibrio entre creer y dudar

Hace algún tiempo escuché en una red social la historia de un jefe de finanzas que estuvo a punto de hacer una transferencia a una cuenta en las Islas Caimán porque lo llamaron con la voz clonada de su jefe; lo detuvo la llegada del jefe verdadero. La fuente era una red social, y ese detalle de las cuentas resulta imposible de comprobar. Pero existe un caso documentado muy parecido: en 2019, el director de una empresa energética británica transfirió 220 000 euros tras una llamada en la que creyó oír a su jefe, el director de la casa matriz alemana, y los expertos atribuyeron la imitación de voz, con su acento y su entonación, a software de inteligencia artificial («Fraudsters used AI to mimic CEO's voice in unusual cybercrime case», 2019). Es una buena lección sobre el equilibrio que pide la alfabetización digital: ni creer todo lo que circula ni descartarlo todo de plano, sino sostener la duda hasta tener evidencia suficiente.

¿Qué puede hacer el aula?

¿Qué puede hacer el aula? Entrenar la lectura lateral: que los estudiantes, ante una página desconocida, abran otras pestañas y averigüen quién la respalda y qué dicen de ella otras fuentes. Normalizar la frase «todavía no sé si es cierto», que en tiempos de reacción inmediata casi es un acto de rebeldía. Convertir el engaño en material de clase: provocar la necesidad de investigar el origen de una página antes de revelar la broma, en lugar de entregar una lista de pasos para verificar. Y tomarse en serio una competencia que el Currículo Nacional ya nombra, desenvolverse en entornos virtuales (Ministerio de Educación del Perú, 2016), sin reducirla a saber usar aplicaciones.

Durante mucho tiempo bastó decir «lo leí en una revista» para dar un argumento por sustentado. Hoy los estudiantes dicen «lo vi en un TikTok», y la frase suena a derrota. No lo es: es el síntoma de que nadie les enseñó que ver no equivale a comprobar. Si la escuela no enseña a dudar con método, otros se encargarán de enseñar a creer con facilidad. El pulpo arborícola no existe, pero el reto que plantea sí.

Referencias

AI Incident Database. (s. f.). Eliot Higgins [Entity page]. https://incidentdatabase.ai/entities/eliot-higgins/

Fraudsters used AI to mimic CEO's voice in unusual cybercrime case. (2019). The Wall Street Journal. https://www.wsj.com/articles/fraudsters-use-ai-to-mimic-ceos-voice-in-unusual-cybercrime-case-11567157402

In defense of the endangered tree octopus, and other web myths. (s. f.). Xconomy. https://legacy.xconomy.com/?p=3760

Ministerio de Educación del Perú. (2016). Currículo Nacional de la Educación Básica (Resolución Ministerial N.° 281-2016-MINEDU).

Stanford History Education Group. (2016). Evaluating information: The cornerstone of civic online reasoning. Stanford Digital Repository. http://purl.stanford.edu/fv751yt5934

Wineburg, S., & McGrew, S. (2019). Lateral reading and the nature of expertise: Reading less and learning more when evaluating digital information. Teachers College Record, 121(11), 1–40.

Zapato, L. (2014). Save the Pacific Northwest tree octopus [Web archive]. Library of Congress. https://www.loc.gov/item/lcwaN0010826